La moderación como norma

La ignorancia es atrevida…

En estos días en los que parece que todos sabemos de ciencia, de medicina, de política, de economía, de emociones, etc…corremos el riesgo de caer en uno de los dichos más famosos: “la ignorancia es atrevida”. Conviene antes de lanzar opiniones, informarnos, analizar y reflexionar para ejercer nuestro pensamiento crítico. Y, en muchos casos, morderse la lengua, aún a riesgo de envenenarnos. O, dejar de leer o ver determinadas noticas, opiniones, etc. Una especie de apagón informativo por higiene mental fundamentalmente. Aunque quizá sea la moderación, la templanza o la mesura, las virtudes que deberíamos aprender en estos momentos.

 

Sin embargo, sí alguno quiere entrar en el barro y lanzarse a opinar, convendría tener en cuenta el efecto Dunning-Kruger. Tal efecto, es un sesgo cognitivo según el cual, las personas con menos habilidades, capacidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidades, capacidades y conocimientos. Como resultado, estas personas suelen convertirse en gente que opina sobre todo lo que escucha sin tener idea, pero pensando que sabe mucho más que los demás. Y esto es lo que hoy observamos en los medios de comunicación, redes sociales, tertulias, etc…Pero, ojo, todos sufrimos este sesgo cognitivo, así que hay que tener cuidado antes de señalar a nadie.

 

Practicar el estilo Montaigne

Moderación & Montaigne

Para minimizar el efecto Dunning-Kruger, podemos recurrir a una de las técnicas que caracterizaron al pensador francés, creador del género del ensayo, Michel de Montaigne: dudar de todo, incluso de nuestras propias opiniones. El lema de Montaigne fue “¿Qué sé yo?”. Una práctica, basada en la corriente filosófica del escepticismo, que sostenía que una persona escéptica siempre quiere ver pruebas, y duda de las cosas que las demás personas aceptan sin más.

 

El objetivo fundamental es tomar todo de forma provisional y cuestionar cualquier idea, incluso las propias. Algo que deberíamos practicar más, sobretodo cuando afrontamos épocas de cambio e incertidumbre. Con el fin de mantener el equilibrio y sopesar las cosas en lugar de aceptarlas sin más. Por eso, conviene después de cada opinión incluir palabras como “quizá”, “creo”, “me parece”. No en vano, Montaigne es considerado el maestro de la duda y cuyo fin era aprender a vivir, o vivir bien. Y para lograrlo, debemos evitar caer en el error del dogmatismo y en la manía de querer tener siempre la razón. Ya conocemos el dicho: «sí quieres ser feliz, deja de querer llevar la razón».

 

Evitar las discusiones

Las emociones siempre nos dan una información relevante sobre nuestra cotidianeidad. Sin embargo, debemos evitar ser esclavos de ellas y dejarnos arrastrar por su potencia. Hoy, cuando están más presente que nunca, el miedo, la rabia y la tristeza, debemos ser capaces de moderar nuestra reacción, sin caer en el fanatismo, los extremismos, el populismo o la demagogia. Conviene convertirnos en personas estoicas, quienes saben moderar sus emociones y ejercitar el buen juicio.

 

De hecho, estas reacciones no son nuevas. Se han producido siempre cuando en la Historia se han vivido épocas de cambio e incertidumbre. Por fijarnos sólo en los tiempos en que vivió el pensador francés. El siglo XVI se caracterizó por los conflictos y guerras de religión entre las facciones católicas y las protestantes. Una época de extremismos y fanatismos que hacían difícil encontrar esa moderación necesaria para poder vivir en paz. Montaigne lo explica del siguiente modo:

 

“El pueblo se equivoca. Es mucho más fácil andar por los extremos, donde la extremidad sirve de límite, de freno y de guía que, por la vía del medio, ancha y abierta, y según el arte que según la naturaleza; pero también es mucho menos noble y menos digno de elogio. La grandeza del alma no reside tanto en ascender y avanzar como en saber mantenerse en orden y circunscribirse. Tiene por grande todo aquello que es suficiente. Y muestra su elevación prefiriendo las cosas medianas a las eminentes.”

 

Moderación, templanza y mesura

Hay un término griego que sirve para ilustrar estas virtudes: sofrosyne. Es un valor opuesto a la hybris, que nombra la desmesura y el exceso. Término que suele caracterizar a las personas con un orgullo o confianza en sí mismo muy exagerada, especialmente cuando se ostenta poder. Quizá, por eso deberíamos recordar la ética aristotélica, caracterizada por el “término medio”, como criterio fundamental para alcanzar las 4 virtudes fundamentales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

 

La moderación, la templanza y la mesura deberían ser la norma que rigiera nuestro comportamiento en épocas como la actual. Una moderación que se muestre como la razón desprovista de pasión, incluso que permita incluir una clausula de “no estar seguro de tener razón”. Porque sí algo estamos aprendiendo en estos días, o deberíamos aprender, es que cuanto más sabemos, más seguros estamos de nuestra ignorancia. Así que conviene ser capaces de suspender el juicio o de contenerse, antes de lanzar nuestras opiniones alegremente, intentando dar lecciones de lo que pensamos.

 

“El umbral al templo de la sabiduría es el conocimiento de nuestra propia ignorancia.”

(Benjamín Franklin)

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