Coaching para gestionar los cambios

¿Cómo vivir los cambios?

Uno de los pensadores más sorprendentes de la Historia de la filosofía fue Montaigne. Un personaje que vivió en el siglo XVI, un siglo caracterizado por el cambio, y que escribió su obra cumbre cuando rondaba los 50 años, Ensayos. Es un manual que refleja lo que debería ser la filosofía, una herramienta para enseñarnos a vivir mejor. Lo que resulta embriagador y apasionante de este personaje, es que muchas de sus enseñanzas o experiencias, recuerdan a situaciones actuales y cuya aplicación haríamos bien en tener en cuenta para aprender a vivir y, en particular, cuando decidimos hacer un proceso de coaching para gestionar los cambios.

 

Cambios que en muchas ocasiones son sobrevenidos. Y, en otras ocasiones, aunque los queramos llevar a cabo, nos sentimos paralizados, ante el miedo que nos provocan. Paradójicamente, vivimos en un mundo cambiante, pero los cambios nos aterran.  Porque nos hemos instalado en la necesidad de seguridad, de certeza, de evitar las dudas… Y de esta forma poder vivir con rapidez, sin reflexiones, ni análisis que nos inviten a profundizar en nosotros o en nuestro entorno. Y es aquí, cuando la vida nos pone delante determinados retos o adversidades, que demandan una actitud diferente frente a los cambios. Es en los momentos de cambio, cuando más necesitamos tener herramientas que nos permitan abordarlos sin dramas y con confianza.

 

Conversar aportando valor

Sabemos que la herramienta del coaching se utiliza para abordar situaciones complejas o aparentemente sin salida, y que podemos considerarlas como retos. Aunque lo habitual es referirnos a ellas como problemas (profesional o personal). Y, es en ese momento “problemático”, cuando más interés tenemos en que las cosas cambien rápidamente y buscamos la receta mágica. De este modo, solemos acudir a un coach, psicólogo o terapeuta que nos ofrezca la “solución”. Obviamente, la clave no radica en que alguien te diga qué es lo que tienes que hacer o no hacer, sino en encontrar por ti mismo tu receta, para aprender a cómo vivir la vida ante las adversidades que se presentan indefectiblemente.

 

Un coach se caracteriza por no dar consejos ni recomendaciones. Su función es acompañar y ayudar a su cliente a descubrir nuevas formas de ver esa situación. Y para hacerlo, suele utilizar preguntas que conduzcan a su cliente a cuestionar sus creencias. Sin embargo, no me resisto a pensar que la labor de un coach se limite solamente a ser un mero interrogador. Puede ser más enriquecedor establecer una conversación que combine preguntas y mostrar determinados elementos provenientes de la filosofía u otras disciplinas, que ayuden a su cliente y a él mismo a vivir mejor. Porque una conversación de coaching no solo aporta valor al coachee o cliente, sino también al coach. Y, luego si, dejar que el cliente decida sí lo aplica o no en su vida.

 

Dudar de todo

Coaching para gestionar los cambios

Una de las recomendaciones que nos dejó Montaigne fue cuestionarlo todo. Su lema era:  Que sais-je? (¿Qué se yo?), y esto le llevaba a dudar absolutamente de todo o poner en cuestión aquello que damos por sentado. Este debería ser el principio fundamental que rija un proceso de coaching: cuestionar y dudar de creencias, hábitos o comportamientos que quizá, como escribía Montaigne a menudo, nos están impidiendo lograr nuestros objetivos o vivir mejor. Significa ir más allá de las baterías de preguntas que, sin duda, deben estar presente en una conversación, como enseñaba Sócrates a sus discípulos, para descubrirnos más y mejor a nosotros mismos.

 

Cuestionarlo todo, implica comenzar a vivir en la duda y la incertidumbre. Y aunque esto de mucho miedo, no es menos cierto que las posiciones dogmáticas o las certezas absolutas dan aún más miedo. Podemos abrazar los extremos, hoy en día están muy de moda en cualquier ámbito (política, relaciones, deporte…) Todo se reduce a elegir bandos para poder vivir más deprisa, tomar decisiones con rapidez…Sin embargo, esto nos lleva a perder de vista las zonas intermedias, los matices, puntos de vista diferentes, que normalmente suelen ser la vía más inteligente y con más sentido común, para encarar y resolver situaciones complejas. Evitar la duda, también, nos aleja de la necesidad de pararnos a pensar o a sentir o a meditar sobre lo que realmente necesitamos.

 

Tiempo para dudar

Quizá, más allá de dudar de todo, volviéndonos escépticos ante la vida o paralizándonos a la hora de tomar decisiones, deberíamos utilizar la duda, como un método para reflexionar, examinar, analizar, razonar y decidir qué hacemos con aquello que nos está impidiendo vivir mejor. El problema radica en que la duda nos incomoda, porque nos confronta con nuestra forma de ver la vida, con nuestros pensamientos, o con los fracasos y errores que cometemos. Y al final, nos impele a actuar: a hacernos preguntas, a pensar y a tomar decisiones. Y es mucho más fácil, adquirir la receta de otro, sin tener que pensar.

 

Pero ¿podemos dudar de todo? Probablemente no. Porque entraríamos en un bloqueo constante, en una parálisis por exceso de análisis. Como dice Victoria Camps, con la duda sucede lo mimo que con la tolerancia: podemos tolerar lo que no nos gusta o incomoda, pero no todo es tolerable. Con la duda, sucede lo mismo. Podemos dudar sobre determinadas creencias, pero hasta cierto punto. Esto significa que hay creencias personales que nos siguen valiendo, porque sirven para construir nuestra personalidad y nos permiten movernos por la vida. Como diría otro clásico del pensamiento, la virtud está en el término medio.

 

“Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas.”

(Bertrand Russell)

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