Truman, un buen ejemplo de empatía.

javier camaraAyer vi Truman, la película de Ricardo Darín y Javier Cámara. Sí alguno no la ha visto, le recomiendo que la vea y que deje de leer este post, por ahora. La historia relata el encuentro entre dos amigos que se reencuentran en Madrid. Uno de ellos (Tomás) visita inesperadamente al otro (Julián), que pasa por unos momentos complicados, al estar viviendo una enfermedad irreversible.

El motivo de la visita de Tomás, es intentar convencer a Julián, para que reconsidere la decisión de abandonar el tratamiento y dejar de luchar contra la enfermedad. Sin embargo, abandona tal propósito, en los primeros compases de la visita.

No hay sugerencias, ni recomendaciones, ni consejos… Ni siquiera una conversación para lograr que reconsidere su postura. Si tuviera que poner un ejemplo de qué es la empatía me remitiría a la actitud de Tomás. Un respeto absoluto a la decisión de su amigo, comprendió la necesidad que requería Julián, y no hizo ningún intento por pretender cambiar el modo en que su amigo había decidido afrontar la última etapa de su enfermedad.

En mi opinión, la empatía es exactamente lo que hizo Tomás. Guardar un respetuoso silencio, reservar su opinión y sus ideas. Llorar en soledad el dolor que le producía la decisión de su amigo, y la imposibilidad de hablar o de expresarle lo que él pensaba o quería.

“La empatía es conectar con el otro, respetando sus necesidades, mantener el silencio cuando lo requiera y dar espacio para que cada persona siga su camino.”

Qué fácil resulta decir que somos empáticos y qué difícil serlo.

Sin embargo, cuando hablamos de empatía, nos llenamos la boca con definiciones grandilocuentes, o con el manido “ponerme en los zapatos del otro”. Solemos decir “yo se lo que estás sintiendo”. Pues no, nadie sabe lo que yo siento cuando no me salen las cosas bien, cuando estoy preocupado por mi salud, o cuando tengo un problema con un amigo o con mi pareja. Ni tampoco, nunca sabré lo que sentirá mi amigo, mi pareja o mis clientes cuando me cuentan una inquietud o un problema.

Podré entenderlo, comprenderlo, ser consciente de sus emociones y de sus sentimientos y ser lo más respetuoso posible con su situación. Podré adoptar una expresión corporal, una tonalidad, una gestualidad similar. Aunque no podré sentir lo mismo. Es científicamente imposible meterme debajo de la piel del otro, y sentir exactamente lo que el otro siente.

Quizás la prueba de la empatía sea precisamente la de mantener un respetuoso silencio, ante lo que me cuentan, ante el sufrimiento o el problema que comparten. Sin opinar, sin interpretar y sin juzgar. Sin aconsejar o soltar el recurrente “yo en tú lugar…”, a menos que te lo pidan.

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Y sí dejamos de ser tan empáticos…y queremos intervenir

¿Podría haber intentado convencer a su amigo para que cambiara de opinión?, ¿podría haberle motivado  para que volviera a sentir ganas para seguir luchando y vivir?

Es posible despertar la motivación de alguien desmotivado. Un profesor puede motivar a sus alumnos, con premios o reconocimientos. Un jefe puede motivar a un empleado con un incentivo económico… Siempre que seamos capaz de despertar un deseo o poner un objetivo lo suficientemente atractivo, podemos activar la motivación en una persona.

Aunque, en mi opinión, ese tipo de motivación tiene poco recorrido. Sí de verdad queremos motivar a alguien tenemos que despertar su motivación intrínseca. Y eso es un poco más complicado que poner un premio, un incentivo o dar una palmadita en el espalda por el trabajo bien hecho.

Otra cuestión diferente es que una persona quiera, es decir, que tenga la voluntad de encontrar una motivación. Sí la persona no tiene la voluntad de hacer algo, es que ha dejado de tener la satisfacción por vivir, y por lo tanto cualquier intento que realicemos para cambiar eso será en vano.

“Es decir, si no hay voluntad, si una persona no quiere, es imposible motivar a nadie.”

La voluntad nuestro motivador interior

Del deseo de vivir y de la ambición por desarrollarnos, surge nuestra motivación primigenia, aquí nace todo. Sí no hay voluntad por vivir y desarrollarnos, no habrá automotivación.

En este caso, el protagonista de la película, Julián, perdió la voluntad por vivir, por luchar contra la enfermedad. De este modo, difícilmente su amigo Tomás le podría haber convencido. Con nuestra motivación interna sucede algo parecido, sí alguien no quiere motivarse no hay nada que hacer.

Por lo tanto, todo parte de tener voluntad para hacer lo que queramos hacer. O para salir de una situación que estemos viviendo. Luego vendrá el cómo. Aunque como todo lo realmente importante en esta vida, «el cómo no se busca, se encuentra, o quizás te encuentra».

“Quién tiene un porqué, encontrará casi siempre el cómo” (Viktor Frankl)

Antonio Vega – «Esperando nada«